The Economist, Gemini y el falso espejismo de la inteligencia “curada”
No todo lo que reluce en la IA editorial es oro. Que The Economist haya firmado su primer acuerdo estratégico de IA con Google no es en sí sorprendente, ya que la presión para subirse al carro es transversal. Lo que sí resulta relevante es cómo una cabecera de su prestigio ha terminado cediendo control sobre la forma, el tono y la experiencia, para entrar en el escaparate de NotebookLM, el laboratorio de cuadernos temáticos de Google. Y lo van a hacer con la edición especial de The World Ahead 2025, que no es otra cosa que el producto bandera de la cabecera. La idea es presentarlo como un “notebook público” dentro de esta plataforma de IA. El contenido se convierte así en uno más dentro de una estantería digital compartida con guías de Yellowstone, tips de longevidad y consejos para nuevos padres... Todo al mismo nivel, todo curado, todo “igual de importante”. ¿Periodismo de contexto o producto de catálogo?
Del rigor editorial a una interfaz genérica
Google presenta NotebookLM como una herramienta de estudio que organiza fuentes, responde preguntas y ofrece audio generado por IA. Su diseño minimalista busca eficiencia, pero acaba pareciendo más un archivo académico que un producto periodístico. Y es aquí donde el experimento de The Economist pierde fuerza: el contenedor no está a la altura del contenido. El lector no navega por una edición sino por un índice sin alma. La IA generativa resume con Gemini, pero lo hace con el tono informal de un presentador de radio musical: “You know what I mean, bro”. No, no lo sabemos, y menos bajo el logotipo de una cabecera que históricamente nunca tuteó a sus lectores. Más allá del desajuste estético y tonal, hay un fallo estructural: la herramienta no ha sido diseñada pensando en una cabecera como The Economist, y eso se nota. No hay edición visual, ni puntos de entrada claros, ni narrativa digital, solo documentos y prompts; el contenido premium se aplana y el contexto editorial desaparece.
¿Qué hay realmente detrás de este acuerdo?
La colaboración forma parte de un movimiento mayor: Google quiere reposicionarse como intermediario de conocimiento estructurado, en un mundo donde las búsquedas tradicionales están perdiendo valor. Para eso necesita contenido premium, marcas con credibilidad, y medios que le presten su archivo y prestigio. A cambio, les ofrece visibilidad, experimentalidad y… ¿algo más? Desde fuera, este tipo de acuerdos pueden parecer estratégicos, pero en la práctica actúan como ensayos públicos sin garantías claras de retorno para el publisher. Google se queda con los datos de uso, los patrones de navegación, el aprendizaje de usuario. ¿Y qué recibe el medio? De momento, un experimento de visibilidad empaquetado en una interfaz que diluye su valor editorial. Más preocupante aún es el precedente: si medios como The Economist empiezan a distribuir contenido desde plataformas ajenas sin conservar el control sobre el diseño, la navegación y la contextualización, corren el riesgo de convertirse en proveedores de texto para máquinas, más que en actores culturales relevantes.
Lo que debería preocuparnos
Este caso ilustra un fenómeno creciente: la asimetría en los acuerdos entre medios y plataformas tecnológicas. Los medios aportan el contenido, las plataformas el canal, pero quien diseña la experiencia y por tanto moldea la percepción del usuario es siempre el segundo. La pregunta clave no es si hay que colaborar con Google, OpenAI o Anthropic, que sin duda sí hay que hacerlo; la pregunta clave es ¿quién controla el encuadre, la interfaz, la voz y la jerarquía? Porque ahí reside la diferencia entre ser un partner o un proveedor.